viernes, 13 de febrero de 2015

PROSTITUCIÓN VOLUNTARIA Y PROSTITUCIÓN FORZOSA



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 13 de febrero de 2015





No esperen hallar en estas líneas ni una sola crítica hacia las personas que ejercen la prostitución. No soy quién para censurarlas. A lo sumo, constatarán mi frustración ante la existencia del “oficio más antiguo del mundo”, eufemística expresión que esconde una compraventa de carne humana y que provoca en mí una sensación de vacío difícil de explicar. La pregunta a formular no es tanto por qué existen mujeres que se prostituyen (los hombres todavía lo hacen en menor medida) cuanto por qué tantos varones pagan para practicar sexo con ellas.

No faltan quienes consideran que se trata de un trabajo como otro cualquiera, un intercambio de servicios por dinero, fruto de la libre elección. Por contra, los hay que sostienen que se trata de otra forma más de esclavitud, por ser llevada a cabo en condiciones de profunda desigualdad entre ambas partes y, salvo excepciones puntuales, debido a necesidades económicas insalvables, presiones ineludibles o lamentables circunstancias personales.

Desde los sectores más tradicionales siempre se ha considerado una realidad inevitable, propia de la raza humana. Incluso valoran su vertiente de servicio social para ciertos individuos con dificultades de relación. Pero resulta más paradójico, si cabe, que desde entornos asociados a la progresía también se defienda su existencia, equiparándola a una opción como otra cualquiera de abordar la sexualidad. Y es en este concreto punto donde yo discrepo abiertamente,  porque transmite una idea falsa de lo que supone una elección consentida, al obviar el complejo proceso que conduce a alguien a prostituirse, sus condicionamientos individuales y sociales y las no siempre demostrables formas de coerción, más sutiles o más brutales, que le envuelven.

No niego que existan excepciones, desde señoras refinadas que acompañan a ancianos millonarios hasta adolescentes que costean su carrera universitaria de modo alternativo aprovechando su afición por el sexo. Pero me temo que, porcentualmente, son las menos y que  no encajan en el perfil de las que se ofrecen en barriadas y arcenes bajo la férrea supervisión del proxeneta de turno, sea camello, mafioso, lugareño o extracomunitario. Se trata, pues, de un problema que nos concierne a todos como sociedad y que ha de abordarse con sensatez y eficacia.

Algunos Estados han optado por su prohibición. En otros, la abolición ha sido la medida elegida. Por último, en algunos países “desarrollados” se han decantado por regular la actividad, censando a los profesionales, controlándoles sanitariamente y cobrándoles impuestos, aunque sus detractores denuncian una probada banalización del comercio sexual, amén de la no erradicación total del mercadeo de ilegales.

Abundando en el tema de referencia, el Ministro del Interior y el Director General de la Policía acaban de presentar la segunda fase del Plan contra la Trata de Seres Humanos, bajo el lema “Con la trata no hay trato”. El objetivo es reforzar la prevención y la concienciación de la ciudadanía (muy particularmente, la de los presuntos clientes de estos servicios) ante una lacra que mueve diariamente en España cinco millones de euros. Se prevé potenciar la creación de convenios internacionales y emprender campañas informativas en medios de comunicación y redes sociales que desnaturalicen la prostitución y señalen sus perjuicios, organizar seminarios de formación en el ámbito de las Universidades, diseñar mensajes de emergencia en los buscadores de Internet en respuesta a determinadas búsquedas e instar las denuncias de prácticas atentatorias contra la dignidad humana.

Desconozco cuál será el resultado final de estas iniciativas. Si triunfarán o si fracasarán. Si se han ideado acertada o erróneamente. Lo que sé con seguridad es que, sin ningún afán moralizante y con independencia de la intervención o no de las instituciones, cada uno deberíamos aspirar a construir un mundo alejado de la explotación sexual y ajeno por completo al abuso y al sometimiento del prójimo, máxime cuando se halla en situación de precariedad evidente. En la educación, una vez más, están la clave y la esperanza.

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