Creo que, en esencia, junto a un micrófono y rendida ante el poder de las palabras, sigo siendo aquella niña que con siete años leía la epístola de su Primera Comunión en la capilla de su colegio pamplonés.
Y lo creo, no sólo porque continúe con esta actividad lectora en mi parroquia santacrucera sino porque, más de medio siglo después, conservo la misma fe que recibí de mis padres -cuyo recuerdo me acompaña todos los días de mi vida- y que me he afanado en transmitir a mis hijos.
Con la esperanza de que, en estos tiempos tan convulsos, el mensaje del amor fraterno alcance por fin a la Humanidad entera, más allá de sus diferencias ideológicas, religiosas, sociales o políticas, comparto mis deseos de una muy feliz y luminosa Pascua de Resurrección.
Que así sea.
