miércoles, 18 de febrero de 2026

"DESARMEMOS EL LENGUAJE, RENUNCIANDO A LAS PALABRAS HIRIENTES"


"DESARMEMOS EL LENGUAJE, 
RENUNCIANDO A LAS PALABRAS HIRIENTES"

El Miércoles de Ceniza da comienzo la Cuaresma, tiempo litúrgico dentro de la Iglesia Católica en el que los cristianos nos preparamos para vivir el Misterio Pascual: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, fundamento y verdad de nuestra fe. Se trata de una época en la que se nos invita a volver la mirada a Dios, una etapa de perdón y de reconciliación, de purificación y de renovación, de reflexión y de conversión. Y es que, ante situaciones tan dramáticas como los conflictos bélicos o los fenómenos de la naturaleza, resulta muy pertinente tomar conciencia de la caducidad y fragilidad de nuestra existencia, sin que ello deba asumirse como un mensaje de desesperación. Por el contrario, se alza como una gran oportunidad para conocer, reconocer y agradecer nuestros dones, más allá de ser creyentes. 

Así, cuando me asomo a diario a las portadas de los periódicos y constato que habito en un planeta convulso donde las crisis de valores, las desigualdades sociales y los enfrentamientos de toda índole, lejos de disminuir, se incrementan a pasos agigantados, hallo también noticias satisfactorias que me llenan de esperanza, figuras de muchos otros hombres y mujeres valientes que, portando el mensaje cristiano como inspiración de su entrega, encarnan potentes faros de luz para contrarrestar algunas de las tinieblas del universo. Sólo desde esa mezcla explosiva de coraje y fe puede explicarse la decisión de miles de seres comprometidos, tanto religiosos como laicos, que salen de su tierra y dejan atrás a sus familias para acudir a los enclaves más recónditos de la tierra a servir a los otros, a los invisibles. 

Su generosidad, grandeza de espíritu e inquebrantable amor por los demás les impulsan a emprender la revolución más pacífica de todas: dedicar la vida al prójimo. Pero no a cualquier prójimo, sino al más castigado por las circunstancias. Al carente de salud, de higiene, de educación, de trabajo y de afectos. Ese sentimiento de caridad que lleva nutriendo con potencia a multitud de misioneros y voluntarios desde tiempos inmemoriales se mantiene inquebrantable y seguirá, sin duda alguna, hasta el final. 

Por ello, desde esta plataforma de la palabra escrita, manifiesto mi más profundo agradecimiento a estos seres humanos con un corazón tan grande como para ir a evangelizar hasta los confines del orbe sin temor a poner en riesgo su propia existencia, esforzándose, aun en los peores escenarios, por construir un mundo mejor, y dando ejemplo de vida sin pedir nada a cambio. A ellos dirijo hoy mi recuerdo y mi oración. Y a todas las personas que tengan a bien leer y compartir este texto, les envío un caudal de abrazos llenos de esperanza, con mis mejores deseos de una bendecida celebración.


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