viernes, 24 de enero de 2020

MORIR DE FRÍO



Artículo publicado en El Día el 24 de enero de 2020

Artículo publicado en Diario de Levante el 29 de enero de 2020





Hace apenas un par de inviernos una mujer de ochenta y un años murió tras un incendio en su domicilio de la localidad catalana de Reus. Por lo visto, una vela que había encendido para iluminarse prendió el colchón de la habitación en la que dormía. En el momento del suceso la víctima estaba sola en casa, aunque compartía techo con una nieta. A ambas les habían cortado la luz en septiembre por falta de pago y, pese a que les correspondía una ayuda social en concepto de electricidad, no habían llegado a tramitarla. Los encargados de la investigación se decantaron por la teoría del infortunado accidente, desconociéndose en aquel momento si la anciana se durmió sin apagar la llama o si, tal vez de regreso de una visita al lavabo en mitad de la noche, se cayó con tan mala suerte de provocar el percance. 

Durante la misma semana, mientras tomaba un café a primera hora, presencié la entrevista que un reportero estaba realizando a otra señora mayor, titular de una pensión no contributiva que, mientras se envolvía en una gruesa manta de lana, relataba al joven periodista las penurias de su realidad diaria, en ese caso agravadas por la ola de frío que estaban padeciendo en tierras peninsulares. Sus exiguos ingresos de apenas seiscientos euros no le alcanzan para hacer frente al suministro eléctrico, de modo que, cuando pulsaba los interruptores, no se producía respuesta alguna. No tenía luz. Tampoco calefacción, lo que le había ocasionado un principio de pulmonía que se estaba supervisando por su médico de cabecera. 

Sentada en un sillón junto a una mesa camilla, rodeada de fotos familiares colgadas de las paredes, con el cabello blanco y unas ansias extraordinarias de vomitar su desdicha, respondió con firmeza a las preguntas de su interlocutor. Y, tras despedirla desde el estudio, no sin antes brindarle un apoyo tan sincero como estéril, los responsables del programa televisivo en cuestión dieron paso a la cobertura de una cumbre de dirigentes políticos donde, espectacular banquete mediante, se preveía abordar, entre otros asuntos, el de la sangrante pobreza energética, que se describe teóricamente como “aquella situación en la que los ingresos son nulos o escasos para pagar la energía suficiente para la satisfacción de las necesidades domésticas”. Otra de sus acepciones, por cierto, alude a “cuando se destinan por obligación una parte excesiva de los ingresos a pagar la factura energética de la vivienda”. 

Obviamente, no nos hallamos ante un fenómeno exclusivo de nuestro país, como tampoco lo son sus consecuencias respecto a la exclusión social y el deterioro de las condiciones de vida de millones (repito, millones) de personas. En toda Europa se ha instaurado igualmente esta tragedia, cada vez más creciente y menos silenciosa, de no poder encender ni un solo aparato eléctrico por miedo a lo que después refleje la factura, suponiendo que todavía las compañías del sector no hayan procedido a cortarle al usuario el suministro por falta de pago. De poco o nada han servido aquellos llamamientos del Comité Económico y Social Europeo para “proteger a los ciudadanos frente a la pobreza energética e impedir su exclusión social”, así como para “tomar medidas para garantizar a cualquier persona en Europa un acceso fiable a la energía a precios razonables, porque la energía es un bien común esencial, debido a su papel indispensable en todas las actividades cotidianas, que permite a cada ciudadano tener una vida digna, mientras que carecer de él provoca dramas”. 

Cuando estas líneas vean la luz, nuestro planeta continuará sufriendo una de las peores olas de frío en décadas. Miles de hombres, mujeres y niños se expondrán a soportar temperaturas inhumanas. Algunos se quedarán por el camino. Otros, en medio de un helador océano. Otros, abandonados en los campos de refugiados. Otros muchos, olvidados en nuestras propias ciudades. Y todos, se convertirán en víctimas inocentes de una pobreza, además de energética, ética. Una pobreza de dimensiones insoportables. ¿Hasta cuándo?





viernes, 17 de enero de 2020

LA RAE Y EL CONSEJO DE MINISTRAS



Artículo publicado en El Día el 17 de enero de 2020

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 17 de enero de 2020

Artículo publicado en Diario de Levante el 21 de enero de 2020

Artículo publicado en Diario de Mallorca el 21 de enero de 2020

Artículo publicado en La Opinión de Murcia el 21 de enero de 2020






En los últimos años, el lenguaje de los políticos españoles se ha visto inundado de precisiones relativas al género. En la mayor parte de los discursos se dirigen a “ciudadanos y ciudadanas”, “vecinos y vecinas” o “trabajadores y trabajadoras”. Todavía recuerdo al lehendakari Juan José Ibarretxe convocando a los "vascos y vascas". O a la diputada Carmen Romero arengando a los "jóvenes y jóvenas". O a la ministra Bibiana Aído inventando el inolvidable término de “miembras”. 

La RAE defiende que esta tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en sus formas masculina y femenina se fundamenta en argumentos extralingüísticos y va en contra del principio de economía del lenguaje. Por esa razón, dicha institución encargada de la regularización del idioma español (y que acaba de aclarar que no es "gramaticalmente aceptable" hablar de Consejo de Ministras si en el Gobierno hay ministros varones, tal y como hicieron recientemente la diputada de Galicia En Común, Yolanda Díaz, y la número dos de Unidas Podemos, Irene Montero, en la toma de posesión de sus cargos) recomienda explícitamente que se eviten estas repeticiones, dado que generan dificultades sintácticas y de concordancia, amén de complicar sin necesidad tanto la redacción como la lectura de los textos. 

Se entiende que el lenguaje es una creación cultural y que, como tal, refleja contextos sociales, prejuicios antiguos y visiones dominantes de la Historia. No obstante, aunque es una obra forjada durante siglos, por fortuna no es inmutable y todos sus usuarios la hacemos evolucionar un poco cada día, de tal manera que existen expresiones que, por ofensivas, caen en desuso. Ya no decimos minusválidos sino discapacitados, puesto que nadie es menos válido como persona por el hecho de faltarle un brazo o una pierna. Tampoco aludimos a crímenes pasionales, despojándolos así de esa aura romántica que adornaba lo que, simple y llanamente, es un asesinato machista. Ni nos referimos a los homosexuales como invertidos, ni a los estafadores como gitanos. Sin embargo, dichos conceptos figuran en el Diccionario de la Real Academia Española porque forman parte de nuestro acervo y ocupan un hueco en nuestro legado literario. 

No es de extrañar, pues, que los expertos en la materia se alarmen ante la posibilidad de que sean los titulares de un Ministerio, una Consejería o una Concejalía quienes pretendan dictar las normas o indicar las pautas sobre la utilización del idioma. En la lengua española no coinciden sexo y género y, guste o no, el plural genérico es el masculino. ¿Cabe rebelarse contra ello? El hecho cierto es que tal realidad desencadena ahora no pocos conflictos a aquellos que desempeñan el oficio de la escritura o se dirigen verbalmente a nutridos auditorios. Yo, como ferviente enamorada de las palabras y por muy loable que sea el objetivo de fondo, opino que enfrentarse a una de las reglas principales de nuestro idioma común haciéndolo más complicado en vez de más sencillo no es razonable, máxime cuando dicha medida no cuenta además con un amplio consenso entre los hablantes. 

Probablemente no deban ser los señores académicos los únicos llamados a innovar el lenguaje, sino quienes somos sus propios usuarios. Ya se encargará la magna institución de admitir “a posteriori” tales cambios cuando se hayan asentado en el habla popular. Dicho lo cual, dudo mucho que se consolide este artificioso lenguaje tal y como está planteado, es decir, mediante la obligatoriedad de repetir los artículos, los nombres y los adjetivos en ambos géneros. O retorciéndolo sin piedad para evitar los plurales. Sin ánimo de polemizar, creo que, en vez de condenarnos a ser ciudadanía en lugar de ciudadanos o vecindario en lugar de vecinos, resultaría bastante más útil que nuestros dirigentes emplearan sus energías en acciones realmente efectivas contra la discriminación de los sexos y la violencia de género. Al menos yo, como mujer profundamente comprometida con la igualdad real, así lo espero.

martes, 14 de enero de 2020

DE NUEVO EN LAS ONDAS



Finalizado ya el periodo de descanso navideño, ayer retorné a los micrófonos de RTVC para intervenir como cada lunes en el espacio “La lupa”, dentro del programa “Buenos días, Canarias” -conducido maravillosamente por el periodista Eugenio González-. 

Nos acompañó el prestigioso experto en Comunicación César Toledo, con quien profundizamos en el tema de mi último artículo de opinión, LA ELEGANCIA COMO VIRTUD A REIVINDICAR (a partir del minuto 59 del enlace de audio adjunto). Radio amable e instructiva.

http://www.rtvc.es/canariasradio/multimedia/Buenos%20D%C3%ADas%20Canarias%202%C2%AA%20parte-7800/13-01-20-609.aspx#.Xh2JTdXFJFQ



viernes, 10 de enero de 2020

LA ELEGANCIA COMO VIRTUD A REIVINDICAR



Artículo publicado en El Día el 10 de enero de 2020

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 11 de enero de 2020




Estos últimos días, a raíz de una circunstancia puntual, he rescatado de mi memoria las deplorables declaraciones de un antiguo alcalde de Granada que manifestó sin rubor que “las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes” y, abundando en el despropósito, que “los hombres, cuanto más vestidos, más elegantes”. Recuerdo también que, ante la perplejidad del respetable -que le solicitó una explicación a tamaña patochada- se apresuró a aclarar que le movía exclusivamente el noble afán de asesorar sobre el vestuario más adecuado para poder hacer frente a una ola de calor que padecían durante el estío de 2015 en los aledaños de La Alhambra. Supongo que, en base al mismo argumento meteorológico, consideraría igualmente exportable su ocurrencia al resto de la piel de toro, donde la canícula suele causar todos los años verdaderos estragos. Por lo visto, para el otrora regidor de la bella capital andaluza, el termostato femenino y el masculino varían sustancialmente, más o menos como su concepto de elegancia y el mío, separados por un abismo infinito. 

En mi humilde opinión, pocas muestras de ordinariez resultan más patentes que las de aquellas damas cuya carta de presentación por excelencia consiste en lucir atuendos lo más escuetos posible, exhibir escotes desproporcionados y marcar curvas desde el cuello hasta los tobillos. Asumo que cada una es libre de lanzar su oferta anatómica al mercado como lo estime más conveniente (máxime si se dedican a profesiones relacionadas con actividades artísticas) pero, si tengo que elegir un prototipo, me decanto sin dudar por Audrey Hepburn, mi icono de la delicadeza y la distinción. La elegancia es esa cualidad que nos lleva a elegir lo bello en vez de lo ordinario, lo armonioso en vez de lo desproporcionado y lo sencillo (que no lo simple) en vez de lo ostentoso. Eleva a las personas en lugar de rebajarlas y no va necesariamente unida al dinero ni a la posición social. Y, por descontado, resulta de todo punto incompatible con el desaliño y la suciedad, tan en boga en determinados políticos de nuevo cuño que reivindican la falta de higiene y el abandono físico como estandartes de sus ideologías. 

Por alguna razón que se me escapa, proliferan en los últimos tiempos los concejales, consejeros y cargos de confianza que hacen gala de una ausencia total de estética y de modales, abochornando de ese modo a cualquier ciudadano con un mínimo de civismo (incluidos muchos de sus votantes). No me cabe duda de que, entre la esclavitud de la imagen y este actual alarde de chabacanería, existe un término medio. También admito que su aspecto no debe ser en absoluto el principal rasgo a tener en cuenta en un individuo. Faltaría más. Pero, al menos yo, le concedo su importancia. Lo más triste es que, si me traslado al campo de los discursos, el panorama tampoco mejora. Comentarios ofensivos, actitudes provocadoras y declaraciones amenazantes definen muy negativamente a sus autores y, a menudo, no se circunscriben al ámbito de la libertad de expresión. 

La cruda realidad es que, mientras unos albergan pensamientos zafios y agresivos, otros (aunque, por desgracia, cada vez menos) se decantan por el equilibrio y la moderación en sus comportamientos. En idéntico sentido, mientras unos optan por ir limpios y vestir con corrección, otros apuestan por la falta de aseo y la indumentaria salida de tono. A mi juicio, en vez de asociar la elegancia femenina a la desnudez o de recoger las actas de representación municipal en cholas y pantalón corto, nuestros gobernantes deberían dedicarse con la máxima urgencia a ser espejos de la buena educación, la cultura, el respeto hacia los demás, el talante democrático, la capacidad de escuchar al prójimo, la amabilidad, la solidaridad y la sensibilidad, y dejar de avergonzarnos a la mayoría ciudadana con sus exabruptos verbales y sus conductas vergonzantes. Nunca es tarde si la dicha es buena.