martes, 17 de marzo de 2015

PELIGRO: POLÍTICOS EN CAMPAÑA










Empieza el espectáculo. 

Observarán que me he apropiado descaradamente del título del célebre musical dirigido por el maestro  Bob Fosse, persuadida de que el término “espectáculo” es el que mejor define el panorama que nos aguarda durante los próximos meses. También he barajado la posibilidad de ahorrarme la coletilla “en campaña” hasta el último minuto pero, por más que me lo pedía el cuerpo, no he querido pecar de injusta, no vaya a ser que, aunque yo no haya tenido la suerte de conocerlo, exista algún político que reúna las condiciones mínimas exigibles. Y no será porque no lo busque con denuedo detrás de cada sigla, habida cuenta que es justamente en época electoral cuando todos abren el tarro de las esencias y despliegan, emulando a los pavos reales, su cola multicolor.

Calles y plazas se inundan de enormes carteles que muestran un despliegue de photoshops antiarrugas, antiojeras, antipapada y antisarro. Mientras las pantallas de televisión emiten videos bochornosamente maniqueos y demagógicos -cuando no falsamente esperanzadores y/o empalagosos hasta la náusea-, las cuñas radiofónicas y los anuncios en prensa no les van a la zaga. Los primeros espadas de las futuras faenas (nunca mejor dicho) recorren sin descanso la geografía nacional repartiendo sonrisas, besos y carantoñas a diestro y siniestro. No hay niña de silleta ni anciano de bastón que se libre de los desparrames afectivos del candidato de turno, mientras sus subalternos ponen el broche de oro a su mitin en forma de bocadillos de mortadela. Los denigrantes coqueteos de los aspirantes al cargo ante su eventual electorado  traspasan la frontera de la ridiculez y confirman la terrible sospecha de que los votantes somos piezas de un tablero en cuya jugada final no tendremos, a la postre, ni arte ni parte.

La voluntad popular, soterrada bajo la falaz excusa de un falso consenso, se verá prostituida por quienes, conseguido el botín de nuestra ingenuidad, harán de su capa un sayo con tal de tocar poder, ignorando que la inmensa mayoría de los ciudadanos reniega de los pactos postelectorales. Por mucho que se empeñen en adornarla, se trata de una práctica rechazable y la prueba del nueve es que ninguno de ellos se arriesga a garantizar qué hará tras el recuento de las papeletas, sin duda porque ni siquiera lo sabe. Se resisten a admitir que, de entre una larga lista, la incoherencia es el pecado más imperdonable que un político puede cometer.

Ante semejante perspectiva, acudir a las urnas con ilusión no pasa de ser una utopía para el común de los demócratas. Sin embargo, una vez más iremos a votar en conciencia, gracias a la responsabilidad que a muchos de ellos les falta. Se impone con urgencia un cambio del sistema electoral para que se haga efectiva la máxima de “un hombre, un voto” y es necesaria la implantación de listas abiertas para elegir a personas con nombre y apellidos cuyo nivel de preparación sea el criterio primordial de selección para ocupar cargos públicos. Pero, ¿quién le pone el cascabel a este gato si los partidos minoritarios no pueden y los mayoritarios no quieren?

Creo firmemente que la crisis en la que estamos inmersos tendría que tornarse en una oportunidad histórica para remover los cimientos del Estado autonómico, eliminar instituciones, reducir municipios y reestructurar Administraciones. Para ello, es imprescindible confiar estas tareas a profesionales con un perfil más técnico y menos político.

De ahora en adelante varios candidatos pretenderán hacernos comulgar con ruedas de molino por enésima vez pero deben tener bien presente que sus tan a menudo maltratados votantes tenemos memoria y exigimos respeto. Nuestro futuro y el de nuestros hijos están en juego.

viernes, 13 de marzo de 2015

EL DETALLE DE LLAMAR A CADA PERSONA POR SU NOMBRE



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 13 de marzo de 2015





Infinitamente más importante que llamar a las cosas por su nombre es hacer lo propio con las personas. La explicación, por obvia, sobra. Y es que, si a nuestro tradicional empeño por acudir a los eufemismos para trastocar el significado de los conceptos, añadimos la creencia de que conocer los apelativos de quienes forman parte de nuestro entorno es una ocurrencia peregrina, me temo que nos estamos autocondenando a un universo frío y despersonalizado en el que las máquinas y los robots sean nuestros únicos compañeros de viaje.

A este respecto, una amiga muy querida acaba de compartir conmigo una anécdota sumamente reveladora. En el transcurso de un examen, una docente universitaria les indicó a sus alumnos que dejaran para el final de la prueba la primera pregunta del cuestionario, de contenido desconocido. Luego supieron que consistía en anotar el nombre de algunos trabajadores de aquella facultad, tales como conserjes, señoras de la limpieza o camareros del bar. La profesora llevó a cabo este experimento tan impactante con el fin de demostrarles la importancia de conocer a quienes forman parte de nuestro entorno más directo, a veces incluso diario. Sin embargo, muchos de los alumnos se decantaron por otra pregunta alternativa, ya que la incógnita de la primera les generaba miedo y desconfianza.

Siempre he creído que el detalle de llamar a cada persona por su nombre es un gesto de respeto y de empatía. De hecho, lo habitual es que, ante esta actitud, nos presten una mayor atención. Tal vez sea porque los interpelados se sientan importantes y especiales en el buen sentido. Sin embargo, no son pocos aquellos que rechazan un gesto tan simple y, a la vez, tan rentable desde el punto de vista social. A menudo aluden a la falta de memoria, a la inconveniencia de no mantener las deseables distancias o, sencilla y llanamente, a la falta de interés verdadero por el prójimo. Tampoco es que le deseen ningún mal, pero un individualismo mal entendido les impide romper una lanza a favor del acercamiento. Puedo afirmar por experiencia que no saben las satisfacciones que se están perdiendo en el terreno de la comunicación.

Hombres, mujeres, niños y ancianos que se cruzan a diario en nuestro camino no son maniquíes ni forman parte de una escenografía teatral y, a buen seguro, responderían encantados al ser llamados por su nombre de pila. Algunos, incluso, lo llevan prendido en un chapa identificativa, para facilitarnos todavía más la labor. Yo, desde luego, me siento de maravilla cuando me presento ante un desconocido y al poco tiempo ya se dirige así hacia mí. Me parece una de las vías más rápidas y efectivas de establecer un contacto fuerte y duradero y de fomentar relaciones de toda índole, además de una fórmula altamente eficaz para integrarse en un grupo, hacer amigos e influir positivamente en los otros. 

El concepto de liderazgo descansa en gran medida sobre esta condición de dirigirse a todos y cada uno de los miembros de una colectividad por su nombre, en hacerles sentir relevantes y en tratarles con el debido respeto. Es lógico pues que empresas, organizaciones y proyectos se apunten a esta corriente personalizadora, en la que no basta con conocer exclusivamente a los altos directivos sino también a los mandos intermedios y a los empleados del resto de departamentos, imprescindibles todos ellos en su organigrama. 

Pocas siembras dan mejores frutos que la de trazar un camino de ida y vuelta en el que los demás nos tratarán por regla general como les tratemos nosotros. Si les dispensamos un trato de educación y cercanía, pronto comprobaremos la cantidad de puertas (reales y ficticias) que se abrirán a nuestro paso. A veces, por el mero hecho de llamar a cada persona por su nombre. Y si no, tiempo al tiempo.




viernes, 6 de marzo de 2015

LA MEDIACIÓN PARENTAL COMO EXITOSA VÍA DE NEGOCIACIÓN


Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 6 de marzo de 2015





El pasado sábado 28 de febrero tuve el honor de asistir a una jornada de trabajo que, dentro del Master en Mediación Civil y Mercantil y de Expertos en Mediación Familiar, corrió a cargo del prestigioso catedrático de Psicología Social Gonzalo Musitu Ochoa en el Centro de la Familia de Tenerife. Defensora a ultranza de la mediación como el mejor camino para la resolución de conflictos en los ámbitos más diversos -familiar, laboral, escolar, vecinal, mercantil, civil…-, me resultó sumamente provechoso asistir a las explicaciones de un experto de la talla del citado ponente que, con una generosidad admirable, trasladó a los asistentes sus conocimientos y experiencias en unos campos tan sensibles como los de la socialización infantil y el tránsito a la adolescencia, incidiendo repetidamente en la importancia clave de los afectos, de los recursos y del apoyo grupal para acometer un correcto proceso de aprendizaje vital. 

Como complemento a lo expuesto anteriormente, una fundación catalana de amparo al menor acaba de institucionalizar la figura de coordinador parental, cuyo campo de actuación se circunscribirá a divorcios y separaciones que presenten una alta conflictividad. Es bien sabido que, por desgracia, la utilización de los menores como arma arrojadiza en las rupturas de pareja es más frecuente de lo que nadie pudiera imaginar. Sin embargo, el maltrato ejercido de padres a hijos en el ámbito familiar suele ser invisible y de muy difícil demostración. Los divorciados que lo llevan a cabo impiden que sus descendientes vean al otro progenitor y se empeñan en volverles en su contra, en desprestigiarle y en dinamitar cualquier puente afectivo existente, con el destrozo que ello conlleva, tanto en la estabilidad emocional infantil como en la del adulto demonizado, que a veces opta por el suicidio como única escapatoria.

El perfil del maltratador presenta rasgos de prepotencia, odio y venganza, unos sentimientos que favorecen la enajenación mental y cuya misión principal se reduce a impedir que los vástagos comunes conserven vínculo alguno con su ex cónyuge. Para ello, la mentira  y el autoengaño se alzan como herramientas óptimas para alcanzar el fin pretendido. En este sentido, es increíble constatar cómo algunos menores, fruto de ese envenenamiento persistente, llegan incluso a denunciar por malos tratos ficticios a su padre o a su madre. Antes, las mujeres eran las más proclives a recurrir a estas incalificables conductas, ya que, por regla general, los hijos quedaban bajo su supervisión. Por fortuna, esta tendencia a menudo injusta se ha ido modificando desde hace algunos años y la custodia compartida se abre paso con firmeza, siendo por eso los varones quienes ahora cometen idénticos abusos. Es obvio, pues, que los maltratadores no entienden de género, edad ni ideología.


Desde que esta figura se creó en Estados Unidos hace más de una década, en dicho país se han reducido un setenta y cinco por ciento las rupturas consideradas de conflictividad elevada. Estamos hablando de profesionales de la mediación que informan al juez de los incumplimientos de las sentencias y que siguen de cerca los comportamientos de cada miembro de la familia para, de este modo, conocer los motivos de dichos incumplimientos. En caso de reiteración, se producen en la parte infractora consecuencias tales como la retirada de la patria potestad o de la guarda y custodia de los pequeños. 

Por esta razón, resulta fundamental que los afectados -sean niños, adolescentes o jóvenes- se enteren de la verdadera naturaleza de los hechos acontecidos y restablezcan la comunicación afectiva con aquellos que un día les dieron la vida y ese nexo que les fue arrebatado por quienes no quisieron, no supieron o, tal vez, no pudieron dejarles al margen del conflicto. En palabras del profesor Musitu, “buscar la utopía no es una búsqueda de lo imposible sino, simplemente, luchar por acortar la distancia que existe entre lo que son las cosas y lo que deberían ser”.




martes, 3 de marzo de 2015

¿NO SE PUEDE PEGAR A LOS ANIMALES PERO SÍ A LOS NIÑOS?





Definitivamente, no cabe mayor paradoja.

Leo con gran satisfacción la noticia de que el Consejo de Europa ha decidido condenar a nuestra vecina Francia por no haber prohibido explícitamente los castigos corporales a los niños, en contra de la Carta Europea de los Derechos Sociales. Se da la circunstancia de que otros países miembros también incurren en idéntico incumplimiento normativo. Aunque el dictamen emitido no implica ninguna multa, sus impulsores confían en que sirva para modificar la vigente legislación gala y evitar así otras denuncias contra los franceses ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. De hecho, la Fundación por la Infancia ya ha avanzado que recurrirá ante el Tribunal de Estrasburgo para que París sea condenado judicialmente.

La decisión que afectará a los otros cinco países que fueron objeto de la demanda de la Asociación para la Protección de Todos los Niños (APPROACH) -Bélgica, Italia, República Checa, Eslovenia e Irlanda- es esperada para finales de mayo. Dicha ONG británica alegó en su demanda que Francia viola el artículo 17 de la Carta Europea de Derechos Sociales "por la falta de una prohibición explícita y efectiva de todo tipo de castigos corporales a los niños en la familia, las escuelas y otros lugares, y porque Francia no ha actuado con la debida diligencia para eliminar esos castigos en la práctica".

Sin embargo, de acuerdo con las últimas encuestas, un 80 % de los franceses son hostiles a esa prohibición, entre otras razones porque, a su juicio, podría verse amenazada la autoridad de los padres, ya de por sí bastante cuestionada. Para rematar la faena, los responsables de su Gobierno, más allá de lanzar llamamientos de concienciación sobre los efectos perversos del recurso a la violencia, se han mostrado reticentes a intervenir en el terreno normativo de un territorio en el que no se puede pegar a los animales pero sí a los niños.


Mi posición a este respecto es bien conocida y la he manifestado incluso por escrito. Adjunto al final de este párrafo el enlace de mi artículo de 2011 “UNA VOZ EN CONTRA DE LOS AZOTES A TIEMPO”, plenamente convencida de que los golpes no sólo no son efectivos con los menores sino que contribuyen a la difusión y a la reproducción de la violencia. Me pregunto qué entienden esos padres por autoridad y, simultáneamente, me respondo que su concepto se encuentra a años luz del mío. Porque nada hay que denigre más al ser humano que recurrir a la violencia para la consecución de sus fines. Y ya no hablemos si las víctimas son los seres más vulnerables de nuestra sociedad.