viernes, 23 de junio de 2017

TOCA, BESA, ABRAZA



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 23 de junio de 2017






No hay duda de que el contacto físico constituye una necesidad básica para el bienestar emocional del ser humano. En ocasiones, una mera caricia, un apretón de manos o un pellizco en la mejilla contienen un mensaje que, traducido en palabras, superaría las del capítulo de una novela. Sin embargo, algunas civilizaciones se han visto influenciadas negativamente por una herencia cultural poco partidaria de expresar las emociones abiertamente, asociando este comportamiento a debilidad y vulnerabilidad. Además, se abonan a la tendencia errónea de sexualizar y, por lo tanto, malinterpretar cualquier gesto que tenga su origen en el tacto. 

Es una verdadera lástima, sobre todo si se tiene en cuenta que nos hallamos ante una de las más eficaces medicinas para el cuerpo y para el alma, desde la infancia hasta la ancianidad. Algunos experimentos llevados a cabo en el campo de la Psicología confirman la teoría de que quienes no mantienen ningún tipo de contacto físico transitan por la vida con mayor infelicidad y peor estado de ánimo. En ese sentido, la tradición ha dotado al género femenino de una permisividad superior desde el punto de vista social, resultando las mujeres más beneficiadas a la hora de expresar sus emociones. 

Pues bien, de todas las posibles manifestaciones del afecto, el abrazo es, sin ninguna duda, mi favorita. Y lo es porque se puede aplicar perfectamente a cualquier persona, con independencia del vínculo sentimental que te una a ella: madre, padre, pareja, hijo, familiar, amigo, amante, vecino o simple conocido. Atendiendo a su intensidad, duración, sinceridad y calidez, de nuestro modo de abrazar se pueden extraer diversas conclusiones. Existen abrazos suaves o firmes, breves o extensos, profundos o livianos, y suelen reflejar el grado afectivo de quien los brinda, su capacidad de entrega emocional y el lugar que el abrazado ocupa dentro de su corazón. 

Por fortuna, en España observamos además la sana costumbre de saludar con dos besos a la gente a la que no conocemos de nada, una práctica que en el resto de países de Europa no se suele imitar. También, para una característica propia de la que, en mi opinión, poder sacar pecho, va y resulta que no es del agrado de los habitantes del Viejo Continente. Como tampoco lo es nuestra tendencia a aparecer por sorpresa cuando no se nos espera, o a llamar a horas intempestivas, o a improvisar planes de un día para otro o, incluso, a salir a cenar sin reserva previa (estoy dispuesta a admitir que, en ocasiones, tanta espontaneidad puede resultar improcedente). 

En todo caso, comparto el criterio de mi admirado Fernando Aramburu cuando afirma en un artículo reciente que en España se abraza bien, lo cual no significa que todo el mundo provisto de Documento Nacional de Identidad esté por la labor. Se conoce que a mí la naturaleza me dotó de una desmesura afectiva que requiere de elevadas dosis diarias y constantes de cariño de ida y vuelta. Lástima que, cuando observo una foto fija de la sociedad actual, me duele constatar que los supuestos avances tecnológicos nos alejan todavía más de las relaciones cuerpo a cuerpo para convertirnos en seres más fríos e individuales y, sinceramente, creo que no deberíamos incurrir en ese grave error. 

Por ello, abogo fervientemente para que, tanto hombres como mujeres, demostremos a diario nuestros sentimientos valiéndonos de los cinco sentidos, con palabras y con gestos, desde la mente y desde el corazón, sin dar nada por supuesto. Las muestras de amor nos ayudan a sobrevivir y, para cuatro días que vivimos, situarnos a la defensiva no parece la mejor opción. Evitar un abrazo (como si el prójimo fuera contagioso o tuviéramos un “numerus clausus” de ellos) es uno de los posicionamientos más tristes por el que los seres humanos pueden apostar. Desde aquí recomiendo a los reticentes que hagan la prueba. Que se den una oportunidad. Y les garantizo que se sorprenderán con los resultados.

viernes, 16 de junio de 2017

EL "TURISMO DE BORRACHERA" SALE DEMASIADO CARO



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 16 de junio de 2017

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 20 de junio de 2017





Existen en España determinados destinos vacacionales que año tras año aumentan sus cotas de degradación a base de etilismo (con sus correspondientes vomitonas, orines y resacas) y broncas callejeras (con sus correspondientes molestias vecinales y destrozos mobiliarios e inmobiliarios). Para algunos energúmenos, pasear desnudos por las calles, beber hasta perder el conocimiento e intercambiar felaciones por consumiciones gratis pueden resultar actividades muy divertidas y apasionantes, pero la cruda realidad es que afectan al negocio turístico español y devalúan una de las fuentes de ingresos prioritaria de nuestro país, todavía convaleciente de una brutal crisis económica. 

Este repugnante fenómeno denominado “turismo de borrachera” atrae a hordas de jóvenes (extranjeros, en su mayoría) a ciertos enclaves mediterráneos que frecuentemente abren las portadas de los telediarios gracias a un escándalo o, peor aún, a una tragedia con difunto incluido. Perder allí la cabeza durante una semana les sale apenas a 400 euros por cabeza. Además, los organizadores de estos viajes al borde del mar los publicitan con la eufemística calificación de “rito de paso hacia la edad adulta”, lo que en cristiano viene a significar la incursión en el desmadre más absoluto e ilimitado: las primeras aventuras sin supervisión de los padres, la exaltación de la amistad entre compañeros de estudios y la explosión de la hormona llevada al extremo, todo ello aderezado con ingestas masivas de alcohol y drogas. De hecho, debido al habitual estado de ebriedad de los afectados, a menudo se registran accidentes -a veces con resultado de muerte, por saltar de un balcón a otro de los hoteles en los que se hospedan- y denuncias por robos y violaciones. 

No obstante, cualquier motivo sirve para que estas bestias pardas den rienda suelta a su lado más salvaje. El más reciente ha sido la espectacular remontada de la selección escocesa en el partido clasificatorio del Mundial 2018 disputado contra Inglaterra, y que puso la mallorquina Magaluf patas arriba, con invasión de la calzada por parte de una muchedumbre borracha dedicada a arrasar locales de ocio y a agredirse física y verbalmente. Dichos incidentes tuvieron lugar apenas 24 horas después de que otros veinte turistas se exhibieran en pelotas a plena luz del día y en primera línea de playa, ajenos a la presencia de numerosos niños en un parque infantil adyacente. Es obvio que el esfuerzo realizado en los dos últimos veranos, tanto por el Ayuntamiento como por los miembros de la Policía Municipal, para mejorar la imagen de este emplazamiento (y que ya estaba dando sus frutos, con la llegada de visitantes de mayor poder adquisitivo y mejor perfil personal) se puede ir al traste con episodios de este tenor. 

Sucede lo mismo con el Saloufest, un pseudofestival que se celebra en primavera en el pueblo tarraconense de Salou y que, aun siendo temporada baja, genera en el municipio un impacto económico de cinco millones de euros (me indica esta mañana un amable lector de Salou que ya no se celebra dicho evento, gracias a los esfuerzos realizados por los responsables municipales. Lamento mi error al incluirlo en este artículo y expreso mis disculpas más sinceras, a la vez que me alegra conocer la noticia, ya que es un enclave al que me unen recuerdos muy felices de mi infancia. -VER COMENTARIOS A LA ENTRADA DEL BLOG-). Los consistorios que acogen estas correrías viven, pues, en una permanente paradoja. Por un lado, les interesan las ganancias que estos desparrames inyectan en sus presupuestos y que resultan fundamentales para la supervivencia de zonas de monocultivo turístico. Pero, por otro, el injustificable salvajismo acaba con su reputación y les condena nacional e internacionalmente a arrastrar el estigma de ser territorios comanches. 

Las enormes desventajas de este turismo de borrachera son innegables y, en ese sentido, ya son muchas las ciudades en las que se está luchando por ahuyentarlo. Personalmente, encuentro muy sencillo reconducir el modelo. Claro que, como sucede con tantas otras patatas calientes políticas y sociales, se precisa de un firme ejercicio de voluntad y valentía por parte de sus representantes públicos. Sin duda, estos se expondrán a ser la diana de todo tipo de presiones y amenazas por parte de quienes no se resignan a renunciar a un negocio tan rentable como repugnante. Sin embargo, en esta vida hay que elegir continuamente entre lo correcto y lo incorrecto. No es nada fácil pero, desde luego, vale la pena.



martes, 13 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

SOBRE PIERNAS ABIERTAS Y MENTES CERRADAS



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 9 de junio de 2017

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 14 de junio de 2017





Habiendo sobrepasado ya el medio siglo de vida, recuerdo a la perfección lo que ha costado que las mujeres se desprendieran de ciertas reglas incomprensibles, entre ellas, la de la obligación de cerrar las piernas. No hace demasiado tiempo, la que montaba en moto o a caballo como un hombre era considerada directamente una marimacho. Por desgracia, a día de hoy se sigue recurriendo a la utilización de chicas jóvenes como florero de competiciones y eventos o como adorno de contraportadas de prensa deportiva. 

También resulta repugnante el trato diferencial que aún se dispensa a la soltería en función del género, o la comprensión social que genera la promiscuidad masculina en comparación con la femenina. Por no hablar de la subsistencia como especie de los bocazas que expelen comentarios zafios sobre tetas y culos. Se trata de realidades que, sin ser computables como delitos o faltas graves, nos reducen a la condición de hembras. 

Pero, dicho esto, me temo que mi forma de entender el machismo no coincide en muchos aspectos con la de la CUP y la de Mujeres en Lucha, que comparten las recientes iniciativas de apoyar sendas campañas contra el despatarre masculino, por considerar que se trata de una práctica machista. Hasta la fecha, los medios de transporte lucían unas pegatinas en las que se obligaba a ceder los asientos a embarazadas, personas con carrito de bebé y gente mayor o con alguna discapacidad. Pero, por lo visto, había un detalle adicional en el que muchos usuarios no habíamos caído y que nos afecta cada vez que utilizamos el transporte público: la incomodidad de tener al lado a un hombre que esté invadiendo nuestro espacio con sus piernas. 

Y, así como a nosotras nos han enseñado desde pequeñas a sentarnos con las rodillas muy pegadas, deducen que a ellos les han transmitido otra idea de jerarquía y de dominio territorial. De modo que, para estas representantes políticas y asociacionistas, la invasión de la zona anexa es una muestra de micromachismo que puede incomodar físicamente y ofender moralmente a las sufridas viajeras femeninas. Con sinceridad, a mí no se me hubiera ocurrido semejante explicación ni en sucesivas reencarnaciones, ya que lo único que detecto es una muestra de mala educación como otra cualquiera (si me apuran, un poco más desagradable). 

El caso es que el citado colectivo feminista ha pedido al Ayuntamiento de la capital de España que se coloquen carteles contra el manspreading (se conoce que, si lo dicen en inglés, les suena mejor). Se ha anunciado desde el área de Políticas de Género y Diversidad, después de que se iniciara una recogida de firmas pidiendo esta novedad en los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes y en los vagones del Metro. La colocación de las pegatinas comenzará la semana que viene. Frente al sí del Consistorio presidido por Manuela Carmena, la Comunidad de Madrid -liderada por Cristina Cifuentes- ha indicado que no contempla ninguna medida concreta, puesto que el Reglamento de Viajeros ya dice que a cada uno le corresponde un asiento. 

Ante semejante panorama, las omnipresentes redes sociales han comenzado a aglutinar comentarios de detractores y defensores de la apertura de los miembros inferiores masculinos. Para unos, consiste en una postura meramente biológica: aquello que tienen en la entrepierna les impide juntar las rodillas sin sufrir incomodidades. Para otros, tras la ausencia de cortesía, se esconde un pernicioso gesto de dominación del macho. Pero para la mayoría es, simple y llanamente, un ejemplo más de falta de urbanidad, sin ánimo lúbrico añadido. 

En resumen, ni entiendo la prioridad de la propuesta -como si no hubiera necesidades más perentorias que atender- ni comparto que se inviertan fondos públicos en una campaña institucional de este tenor. Debe ser que cuando voy en guagua o en tranvía me sumerjo en actividades tan gratas como leer u oír música y no me da por fijarme en las entrepiernas del sexo contrario.




martes, 6 de junio de 2017

DE JUECES VALIENTES Y ABOGADOS COMPROMETIDOS




Comparto con satisfacción la noticia de que una juez ha sobreseído el procedimiento de ejecución hipotecaria instado por un banco al declarar abusiva una cláusula del contrato que establece el vencimiento anticipado del préstamo si el cliente deja de pagar una sola cuota o cualquier otro gasto de la vivienda. Para esta magistrada, según se recoge en un auto, se trata de una consecuencia desmedida y desproporcionada para cualquier ciudadano medio, máxime cuando el incumplimiento por parte del ejecutado en este caso no se torna como esencial en el marco de la relación contractual con la entidad financiera. 

El crédito para la adquisición de la vivienda fue suscrito por ambas partes en 2005 por un importe total de 200.000 euros, que debían ser pagados en un plazo de 40 años en 480 cuotas mensuales. La entidad financiera presentó la demanda de ejecución hipotecaria contra su cliente y los padres de ésta, que figuraban como garantes hipotecarios, el 27 de noviembre de 2012, después de que la prestataria acumulara cuatro mensualidades impagadas. En virtud de una cláusula del contrato, el banco podía proceder al vencimiento anticipado del préstamo y exigir la devolución inmediata de las cantidades adeudadas por capital y por intereses ante la falta de pago de alguna de las cuotas, de un recibo de contribución, un impuesto o los gastos de comunidad, entre otros. 

La titular del juzgado de Primera Instancia e Instrucción 1 de Villajoyosa ha declarado ahora abusiva dicha cláusula, tras aceptar el incidente de oposición al procedimiento presentado por la abogada de los afectados. Según la juez, un consumidor medio no hubiera aceptado nunca ese requisito en una negociación individual de haber tratado de manera leal y equitativa con el prestamista, pues implica que, por el impago de una sola cuota, perdería la vivienda habitual que había adquirido, aun cuando hubiera abonado la mayor parte del préstamo. En este caso, no haber pagado cuatro mensualidades -tras haber abonado puntualmente las cuotas durante 7 años- no puede erigirse como un incumplimiento esencial de su obligación que determine, como consecuencia, la pérdida de su vivienda habitual en aplicación de una cláusula claramente abusiva, sin posibilidad alguna de poner remedio alguno al vencimiento anticipado, argumenta la juez. 

Una vez más se atiende a la vulnerabilidad de los consumidores. La resolución, fechada en mayo pasado y que puede ser recurrida en apelación ante la Audiencia de Alicante, sobresee así el procedimiento, tras citar la reciente jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que establece el control de los jueces sobre el carácter abusivo de las cláusulas hipotecarias en cualquier fase del proceso. Se trata de un auto pionero en procedimientos de ejecuciones hipotecarias. Una vez más se atiende a la vulnerabilidad de los consumidores, que firmaron barbaridades con los bancos por las que prácticamente quedaban atados de por vida con unas condiciones vergonzosas y deplorables, ha señalado la comprometida letrada. Según ella, "jueces valientes" y "abogados currantes" están logrando revertir ahora esos abusos y hacer justicia. 

Ya era hora.

viernes, 2 de junio de 2017

EL APELLIDO MATERNO TOMA POSICIONES



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 2 de junio de 2017




Veinticuatro horas han sido más que suficientes para generarse la polémica en torno al escenario que se abrirá en nuestro país a partir del próximo 30 de junio, con la entrada en vigor de la reforma de la ley del Registro Civil. A partir de dicha fecha el apellido del padre dejará definitivamente de tener preferencia, de tal manera que ya no primará a la hora de inscribir a un hijo recién nacido. En otras palabras, los progenitores deberán ponerse de acuerdo, no sólo en el nombre de pila de su bebé, sino también en cómo se apellidará. 

El asunto no es baladí dado que, en caso de que el plazo del desacuerdo parental supere las setenta y dos horas, la decisión final recaerá sobre un funcionario, atendiendo al interés superior del menor. La norma ofrece igualmente la opción de establecer el uso de los apellidos de ambos padres como primer apellido compuesto -con el fin de evitar su desaparición o, sencillamente, para que no resulte tan común-. Y, como ya sucedía hasta la fecha, se sigue previendo también la modificación del nombre cuando éste se considere atentatorio, contrario al decoro u ocasione graves inconvenientes a su portador. 

Ni que decir tiene que ya se ha abierto la veda en lo que respecta a la expresión de las opiniones más dispares y el fenómeno no muestra visos de apaciguarse en un futuro próximo. Así, un nutrido grupo de defensores de la alternativa valora principalmente la total libertad a la hora de sumarse o no a ella. Descartan por completo la probabilidad de que vaya a suponer un motivo sobrevenido de discusión entre las parejas, que a esas alturas ya habrán debido elegir el nombre de pila de su bebé sin haberse expuesto por ello a una ruptura. Defienden que ningún apellido corre el riesgo de perderse por el mero hecho de eliminar la preferencia del masculino frente al femenino. 

Incluso hacen referencia a la oportunidad de reconsiderar algunos usos tradicionales de épocas pretéritas que, en su opinión, ya no tienen sentido a día de hoy. Pero, por encima de todo, argumentan que se trata de otra vía más para la aproximación a la igualdad entre hombres y mujeres, al tiempo que recuerdan que, a diferencia de España, en países como Estados Unidos o Gran Bretaña se suele conservar sólo el apellido paterno, perdiéndose el materno por el camino. En todo caso, conviene tener presente que, cuando el afectado alcance la mayoría de edad, podrá alterar de nuevo el orden de sus apellidos si así lo desea. 

Para los detractores, por el contrario, se trata de un error gravísimo. Ellos aluden, entre otros, a motivos históricos para esgrimir que primar el apellido paterno significa que el progenitor acepta al vástago como suyo, además de constituir un sistema adecuado que permite al hijo saber de dónde proceden sus ancestros desde un punto de vista genealógico. Detrás de esta modificación legislativa tan sólo perciben la generación de un conflicto creado de la nada y el riesgo cierto de sembrar el caos donde antes había orden. En definitiva, la enésima victoria en la senda de la destrucción de los cimientos familiares. Y, en consecuencia, tildan esta iniciativa de ocurrencia propia de políticos que suscitan problemas donde no los hay, a la par que no solucionan los ya existentes. 

Para poner la imprescindible nota de color, tampoco falta ese sector de opinadores -a medio camino entre la ironía y el tremendismo- que augura la desaparición en un par de generaciones de todos los Pérez, García o Martínez de la faz de la tierra, y que propugna que, puesto que es posible decidir el nombre de la criatura, lo suyo sería incluso inventarse sus apellidos. Prefiero no pensar en ese ulterior abanico “a gusto del consumidor” destinado a los inocentes neonatos. Desde luego, da la impresión de que algunas sugerencias las carga el diablo.