viernes, 16 de enero de 2015

SE ABRE LA VEDA



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 16 de enero de 2015

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 20 de enero de 2015




Coincidiendo con el inicio del año y, simultáneamente, con los albores de la precampaña electoral, ya me he puesto a la labor de una ardua preparación psicológica, en previsión de la que se avecina con la inminente cita ante las urnas. Pero, conociéndome, sospecho que no me va a servir de nada. Ni los ejercicios de respiración, ni los tapones para los oídos, ni las valerianas nocturnas contribuirán al resultado deseado. La previsible y antiestética pegada de carteles, unida a los cansinos reportajes televisivos y a los recurrentes anuncios radiofónicos me sumirán, como de costumbre, en la más profunda negritud espiritual. Y es que eso de enfrentarme cíclicamente a tal sobredosis de falsedad me aboca a contemplar seriamente la posibilidad de lanzarme a la búsqueda de algún paraíso perdido en el que los políticos tengan reservado el derecho de admisión.

Como primera medida de supervivencia, cambiaré la ruta habitual hacia el trabajo para no coincidir en mi trayecto diario con alguno de esos individuos sonrientes y edulcorantes que se afanan, por supuesto sin éxito, en llevarme al huerto. Menos mal que ocupo una franja de edad intermedia, lo cual me libera de que, o bien me pellizquen en la cara, o bien me tomen el pelo mientras echo en el asilo la partidita vespertina de dominó. Salvado el escollo inicial del encontronazo no deseado, llegaré al despacho y, al abrir el buzón, colisionaré a buen seguro con una caterva de sobres de publicidad partidista. Más fotos. Más promesas. Más hartazgo.

En ese preciso momento, amparada en la feliz circunstancia de que me hallaré sola y, por ende, inmune a ser tachada de ordinaria, comenzaré a proferir una serie de exabruptos irreproducibles a través de estas líneas. Sin embargo, repararé de inmediato en que, más pronto que tarde, tendré que decidirme por unas concretas siglas, aunque sólo sea por dar ejemplo de democracia a la carne de mi carne. Y, también para no variar, convendré que, aunque mi voto sea un gota de agua en medio del Atlántico, es mío y no lo prostituiré eligiendo entre lo malo y lo peor.

Lo más probable es que una vez más ponga mis principios a salvo de esta mediocre oferta cuatrienal y prescinda de nuevo de todos aquellos que, a la diestra y a la siniestra, llevan varias legislaturas defraudándome. De ministros sin estudios que dicen “cónyugue”, “convinción” y “espetativas”, de diputados que se levantan la friolera de varios miles de euros mensuales sin ni siquiera acudir a un mínimo de sesiones parlamentarias, de listas cerradas a cal y canto salpimentadas de imputados por corrupción, de responsables de la crisis financiera que siguen mirando a la ciudadanía por encima del hombro, de Magistrados supuestamente prestigiosos que obedecen sin rechistar las consignas de quienes les nombraron para el cargo -aunque por el camino vayan dejando un reguero de errores judiciales- y de parásitos nacionalistas cortos de miras pero extraordinariamente capaces de vender su programa al mejor postor con tal de seguir en la poltrona.

En definitiva, de listos que me toman por tonta cuando afirman que no me conviene saber de antemano con quién compartirán el lecho en cuanto acabe el recuento de voluntades, defendiendo a balón pasado las bondades de la tan discutible democrática aritmética. No vaya a ser que, lo mismo que me dijeron que yo también fui culpable de la crisis, me señalen luego con el dedo y me espeten que tengo lo que me merezco. Porque por ahí no paso.






lunes, 12 de enero de 2015

LIBERTAD SIEMPRE





He preferido esperar algunas fechas para hacer una valoración personal sobre los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en París el pasado día 7. En ocasiones conviene tomarse un tiempo para digerir los dramas y para abordar su trascendencia con justicia y mesura. Una vez realizado ese proceso, me uno a la mayor parte de los comentarios que se han vertido en los diversos medios de comunicación nacionales e internacionales.
Sin duda, el ataque terrorista a la sede del semanario Charlie Hebdo y que se saldó con el asesinato de 12 personas es mucho más que un atentado a la libertad de expresión. El auge de ese islamismo radical que hoy impone su ley del terror en Oriente Próximo ya nos viene golpeando desde el funesto 11 de septiembre de 2001 y su fin último es la derrota de los valores democráticos que encarna Occidente. La revista satírica francesa ya había sufrido amenazas y ataques desde que en 2006 reprodujo unas viñetas con caricaturas de Mahoma. Se podrá cuestionar si su contenido era más o menos apropiado o si podría resultar o no ofensivo para los creyentes musulmanes. Sin embargo, esa clase de desencuentros deben resolverse en el terreno de las ideas o, en última instancia, ante los tribunales competentes, pero nunca imponiendo la censura ni acallando con el terror a quienes no comparten el mismo credo o mantienen diferentes opiniones.
Las democracias occidentales han decidido desde hace mucho tiempo resguardarse bajo el paraguas del imperio de la ley y separar el poder civil del religioso, en aras a garantizar la igualdad entre todos sus ciudadanos. Por eso, quienes pretenden imponer un modelo de sociedad que nos retrotrae a la Edad Media, en el que la religión se impone al Derecho y las libertades individuales no existen, merecen nuestra reacción serena pero contundente. Y recalco la idea de serenidad porque no puede utilizarse esta matanza como coartada para alimentar tesis xenófobas, ya que la inmensa mayoría de los mil millones de seres que profesan el islamismo son individuos pacíficos.
En palabras de algunos reconocidos analistas, esta conmoción ha de servir para que los gobiernos colaboren estrecha y coordinadamente dentro y fuera de Europa y a que procedan a elaborar una legislación común que garantice la no vulneración de los derechos fundamentales. Ha llegado también el momento de reclamar a las comunidades musulmanas que exterioricen de forma más clara su rechazo al yihadismo y colaboren con todas sus fuerzas para detectar y erradicar a quienes representan un peligro para la seguridad colectiva.
Este atentado contra Charlie Hebdo lo es contra el conjunto de nuestro sistema de valores, ese que, con todos sus defectos, ha alumbrado las mayores cotas de libertad del individuo, de dignidad de la persona, de libertades y de respeto a los derechos humanos. Y en su defensa no podemos dar ni un paso atrás.

viernes, 9 de enero de 2015

DE LAS DESPEDIDAS DE SOLTERO A LAS DESPEDIDAS DE CASADO


Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 9 de enero de 2015

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 10 de enero de 2015




Comparto plenamente el espíritu de ese refrán que reza que “el que acierta en el casar, no tiene más que acertar” ya que, por desgracia, he sido testigo de las suficientes rupturas de pareja como para conocer de primera mano el dolor que llevan aparejado. Asimismo, estoy acostumbrada a oír que el amor no entiende de edades y creo firmemente que tal afirmación es muy cierta. Pero, por la misma regla de tres, tampoco el desamor es un sentimiento exclusivo de la juventud y, por lo tanto, las personas maduras no están exentas de padecerlo.

Abundando en la cuestión, en estos últimos años se ha puesto de manifiesto un fenómeno imparable, que no es otro que el aumento de procesos de divorcio en parejas de más de sesenta años de edad. Los números ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística así lo avalan, indicando que aproximadamente un 37% de las separaciones matrimoniales en España se producen en el seno de matrimonios con más de veinte años de vida en común. En la actual década, las rupturas tardías en nuestro país se han multiplicado por cinco y no somos un caso único en el mundo. Se trata de una epidemia global. Detrás de tales estadísticas subyacen infinidad de fenómenos convergentes, desde el aumento de la longevidad hasta la anhelada liberación de la mujer, pasando por la obsesión por la realización personal. La separación tardía ya no se considera un fracaso sino una atractiva alternativa vital. Así, afirman los expertos que la frontera de los sesenta y cinco resulta letal para los cónyuges peor avenidos y que, tras una existencia de ajetreo profesional, se ven condenados a pasar el día juntos, como consecuencia del cese de la actividad laboral.

Por regla general, los motivos que les animan a tomar una decisión tan trascendental no difieren de los habituales, es decir, la monotonía, la falta de proyectos en común y las continuas discusiones. A ellos se añade de forma preeminente la ya citada jubilación, que suele incidir muy negativamente en el desarrollo de la relación, habida cuenta que coincide con el momento en el que los hijos se independizan, viéndose abocados esos padres a una convivencia doméstica mucho más intensa y, en consecuencia, altamente insatisfactoria. Hasta entonces, los problemas conyugales permanecían ocultos entre las rutinas diarias pero el sobrevenido punto y final del trabajo abre la veda de los roces y las tensiones entre dos seres acostumbrados a compartir únicamente, y en el mejor de los casos, las comidas y las cenas. Sin embargo, en la actualidad, a las personas pertenecientes a esta franja de edad les sobran fuerzas para reflexionar sobre el modo en que quieren afrontar su destino y muchas de ellas se deciden a probar. De hecho, en Estados Unidos se habla desde hace algún tiempo de tres enlaces (uno en la juventud, otro  en la madurez y un tercero en la senectud) como tendencia de futuro.

Así que, con independencia de que no existan rupturas fáciles, cada vez es más frecuente que los implicados se planteen la posibilidad de no seguir desperdiciando su tiempo y decidan emprender en solitario una nueva andadura. Siempre surgen dudas acerca de cómo afrontar la soledad, asumir la incomprensión ajena, abordar un cambio de residencia o, incluso, modificar los recursos económicos. Pero, si la decisión es firme, estos condicionantes no deben suponer un freno para su puesta en marcha. Nada hay más lejos de mi intención que promocionar una separación o un divorcio pero no puedo dejar de considerar que, en muchas ocasiones, todo el mundo merece, como mínimo, una segunda oportunidad. Por lo tanto, resignarse a mantener un matrimonio fallido no parece la opción más deseable, máxime cuando aún queda tanto por vivir.




miércoles, 7 de enero de 2015

2015 LLAMA A LA PUERTA





Soy poco dada a reproducir los mensajes que se reciben a lo largo de las Navidades a través de las plataformas digitales. La mayoría son una oda a la sobredosis edulcorante, cuando no a la ordinariez más rechazable. Sin embargo, a veces se encuentra una flor en medio del vertedero y por esa razón he decidido compartir su aroma en esta primera entrada de 2015.

Dice el remitente de la misiva que, según su percepción a medida que envejece, no hay años malos. Algunos conllevan fuertes aprendizajes, mientras que otros son como uno de aquellos recreos de nuestra infancia. Pero insiste en que no se los debería calificar de “malos”. La forma de evaluarlos tendría más que ver con nuestra capacidad de amar, de perdonar, de aprender y de desafiar nuestros egos y nuestros apegos. Por eso mismo, no deberíamos tenerle miedo al sufrimiento ni al fracaso, ya que no son sino instancias del aprendizaje de vivir.

Nos cuesta mucho entender que depende en gran medida de nosotros mismos, del cultivo de nuestra voluntad, el transcurrir de nuestra existencia. A veces nos doblegamos a personas que no queremos y nos enganchamos a cosas que no nos agradan y es entonces cuando habremos de desarrollar estrategias para el cambio. Aunque suene chocante y, por supuesto, sea una idea no compartida por muchos, ser feliz es una decisión. No es tan descabellado pensar que hemos venido a este mundo a amar y a dejar una huella positiva tras nuestro paso por él.

Crear un buen ambiente y crecer espiritualmente es responsabilidad propia, no ajena. Dar un sentido de trascendencia a nuestros actos implica dosificar la tecnología para dar paso a la conversación, propiciar las reuniones familiares, rescatar los juegos antiguos, organizar encuentros caseros con los amigos y valorar el calor y la intimidad. Son actitudes que no nos eximen de los problemas pero que nos sirven para enfrentarlos y absorber las lecciones que llevan implícitos.

Se dice que, cuando se comparten, las alegrías se agrandan y las penas se reducen. Será que, al compartir, el corazón se dilata y aumenta su capacidad para gozar de las satisfacciones y para defenderse del dolor que nos lastima el interior.

Decidamos, pues, ser felices este 2015.