viernes, 2 de febrero de 2018

VIVIR EN SOLEDAD, MORIR DE SOLEDAD



Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 2 de febrero de 2018

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 3 de febrero de 2018

Artículo publicado en el Diario de Levante el 7 de marzo de 2018

Artículo publicado en La Nueva España de Oviedo el 14 de marzo de 2018

Artículo publicado en el Diario Información de Alicante el 15 de marzo de 2018

Artículo publicado en el Diario de Mallorca el 16 de marzo de 2018

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 17 de marzo de 2018

Artículo publicado en el Diario de Ibiza el 19 de marzo de 2018






Empiezo a descubrir que el insomnio tiene sus ventajas. Acostumbrada a acostarme pronto y a levantarme todavía más pronto, me estaba perdiendo sin yo saberlo todo un universo de vivencias ajenas. Por lo visto, son millones las personas que duermen mal o que, directamente, no duermen, y algunas deciden confesarse a través de las ondas radiofónicas, amparadas tras el anonimato de la oscuridad de la noche. 

De cualquier noche. Como la de la otra noche cuando, hecha un ovillo sobre mí misma, el rostro casi incrustado en la almohada para preservar la discreción de una pequeña radio, escuché las confesiones de varias de ellas, que lamentaban su absoluta soledad a través de un llanto sordo, una suerte de inquietante música de fondo. Ya muy mayores, confirmaban con sus testimonios la sospecha de que la medicina alarga la vida pero no siempre la mejora, y avalaban la certeza de que, cuando se trata de una situación impuesta, la soledad va acompañada por una tristeza infinita y puede conducir a la muerte. Al cabo, sonaron las señales horarias que daban paso a las noticias de las dos de la madrugada -una hora menos en Canarias-, pero yo aún tardaría un buen rato en conciliar el sueño.  

La creciente epidemia de soledad que aqueja a nuestra sociedad supera a la patología de la obesidad. Ni siquiera la innovadora entrada de Internet en escena ha servido para reducir un fenómeno cada vez más intenso de aislamiento social, llamado a representar una mayor amenaza para el sistema sanitario que el tan alarmante índice de sobrepeso. En idéntico sentido, también preocupan los jóvenes por cuanto se refiere a la pérdida del denominado "grupo de la calle". Predomina la sensación generalizada de que las redes sociales proporcionan entretenimiento y compañía, pero evidentemente no es así, desde el punto y hora en que no sustituyen al contacto personal. Por lo tanto, la tecnología no solo no es capaz de frenar esta epidemia sino que, además, ha conseguido alterar la percepción que se tiene sobre ella de cara a la galería. 

Asoman, pues, potentes evidencias de que la soledad aumenta el riesgo de mortalidad. Su magnitud supera los principales indicadores habituales de salud y no se trata de un asunto que afecte solo a la Tercera Edad, sino que recae sobre la sociedad en su conjunto. En los Estados Unidos, donde una cuarta parte de la ciudadanía vive sola, la Asociación Americana de Psicología sostiene que existe una probada conexión entre soledad y muerte prematura. Tal vez por ello acabe de convertirse también en un  asunto de Estado para la Primera Ministra del Reino Unido, Theresa May, quien ha creado un Ministerio específico para abordar esta gravísima problemática que sufren más de nueve millones de británicos, de los que dos superan los setenta y cinco años. 

Nuestro país tampoco permanece al margen de esta dolorosa tragedia contemporánea. En España viven solos más de un millón de compatriotas que han alcanzado la edad prevista para la jubilación. Cientos de miles pasan días y días sin hablar con nadie. ¿Quién no ha oído hablar de seres humanos que, una vez fallecidos, llevan meses dentro de sus domicilios sin que nadie haya notado su ausencia? ¿Acaso cabe mayor tristeza? 

En mi opinión, hemos llegado a tal extremo que los gobernantes deben hacer frente con urgencia a esta lacra, tan extendida como silenciosa. Sin duda, dentro de sus responsabilidades figura la de velar por una sanidad integral de los ciudadanos, que requiere la puesta en marcha de políticas activas de promoción de la salud (incluidas las que potencien el apoyo social, las actividades de ocio, las relaciones interpersonales y la comunicación). Porque si vivir en soledad es lamentable, morir de soledad es inadmisible. 


2 comentarios:

  1. Hola, Myriam,

    tu artículo me ha dejado un sabor agridulce.
    Me explico: me ha gustado la sensibilidad poética con la que has expuesto el problema de la soledad, especialmente en las personas mayores; pero me entristecen los últimos párrafos, especialmente el último, en el que haces una llamada a los gobernantes para que hagan algo...
    ¿por qué no una llamada a la responsabilidad individual para fomentar las relaciones humanas en persona, la reducción de las pseudorrelaciones a través de redes sociales y aplicaciones? ¿Por qué no una animación a entablar conversaciones con esa gente a la que vemos todos los días pero con la que no cruzamos palabra?

    ¿Por qué no hacer responsables morales a la familia de esas personas solas, por qué no hacer responsable a la misma persona que no ha cultivado las relaciones sociales en su vida lo suficiente para no tener que sufrir la soledad? ¿Por qué no hablar de nuestra propia responsabilidad moral con las personas que viven en la puerta de enfrente y nuestros padres o hermanos? ¿Por qué no una reivindicación de las familias y de los amigos y de los grupos de personas afines?
    Me temo, como ocurre en tantos otros asuntos, que estamos condicionados a pensar que nuestros problemas han de ser resueltos por la benevolente mano de alguna institución pública.

    Necesitamos conversaciones para vivir, para ser plenamente humanos, para mantener la salud física y psíquica, pero ahora queremos que hasta la intimidad, la compañía y las conversaciones nos las proporcionen los poderes públicos.

    Sé que en el breve espacio de tu artículo, no ha habido lugar para matizar o para ampliar tu opinión, pero quiero ser sincero y decirte mi impresión inmediata sobre tus palabras. Espero que no la tomes a mal.

    También, y para aportar algo y adoptar un enfoque más constructivo, no meramente crítico, quiero recomendarte un par de libros muy relacionados con tu artículo y tus inquietudes.
    'En defensa de la conversación', de Shirley Turkle, y 'Alone Together", de la misma autora. Creo que te pueden gustar.
    Un saludo y enhorabuena por el artículo.

    Homo Mínimus


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  2. Estimado lector (para mí, Homo Maximus desde hoy):

    Mil gracias por su acertado comentario. Tomo buena nota de sus propuestas (lecturas incluidas) que, por otra parte, comparto plenamente.

    En idéntico sentido, le garantizo que yo confío bastante más en la capacidad de movilización de la sociedad civil que en las soluciones que puedan provenir de las acciones políticas.

    Asimismo, no puedo estar más de acuerdo con su idea de extender y repartir responsabilidades entre los propios afectados, familias, vecinos y prójimo en general, así que prometo reflejar también esta realidad en posteriores artículos, aunque observo que no se le escapa que en los periódicos nos limitan el número de palabras.

    Para concluir, y aunque siempre evito realizar alusiones sobre mi persona, le agradará saber que una de las actividades más gratas que llevo a cabo consiste en mi participación semanal en un Programa de Acompañamiento de Mayores organizado por Cáritas. Es un pequeño grano de arena, pero me siento muy feliz.

    Un saludo cariñoso

    MYRIAM

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