viernes, 1 de mayo de 2020

MADRES


Artículo publicado en El Día el 1 de mayo de 2020

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 2 de mayo de 2020




Ante la proximidad del Día de la Madre y a cuenta de los métodos alternativos en materia de fecundación (desde los vientres de alquiler a la inseminación artificial, pasando por la congelación de óvulos para retrasar la gestación), me ha venido a la memoria un artículo que leí hace algún tiempo relativo a los distintos enfoques sobre el concepto de instinto maternal. En él se afirmaba que, contra todo pronóstico, existen cada vez más mujeres que aseguran no saber de qué va ese impulso originario que, supuestamente, todas traemos de serie, aunque no falte quien opine que se trata de un invento exclusivamente cultural. 

La filósofa y escritora francesa Elisabeth Badinter, que ya en 1981 escribió la obra ¿Existe el amor maternal?, incidió sobre el mismo tema tres décadas después en su libro El conflicto, la mujer y la madre, aportando nuevas reflexiones sobre un asunto tan vigente como discutido. En sus páginas la autora afirma que el modelo de “buena madre” que prima en la actualidad representa un paso atrás en la liberación de la mujer. Asimismo, defiende que ya no se puede hablar de las mujeres como un bloque unitario y que, en su opinión, el género femenino se posiciona en dos bandos distintos y hasta opuestos cuando se aborda esta cuestión tan relevante desde el punto de vista social. 

En el primero, gracias o por culpa del psicoanálisis infantil (algunos de cuyos especialistas ven en los menores a unos seres que exigen más y más cuidados por parte de quien asume su crianza), se alinean las féminas que consideran que el niño es lo primero y que la madre viene después. Por contra, el segundo lo integran aquellas que no se resignan a dejar de compaginar sus deberes de progenitoras con los deseos y necesidades propios de su condición femenina. Lo cierto es que releer el artículo de referencia me ha servido para reafirmarme en mi profunda convicción de que es injusto, amén de improcedente, hacer distingos entre “buenas madres” y “malas madres”. 

Conozco a mujeres de todo tipo, con instinto maternal y sin él. Tengo amigas a las que Elisabeth Badinter encuadraría sin dificultad en sus teóricos grupos A y B y, desde luego, a todas ellas las considero las mejores madres para sus hijos. Me niego rotundamente a juzgar la capacidad de amar ni el nivel instintivo de ninguna de mis congéneres, como si de un competición se tratase. Por el contrario, me enorgullece comprobar a diario que en su ánimo prima el dar lo máximo de sí mismas a quienes un día trajeron a este mundo. También desconozco cuál es el perfil, si es que existe, de “madre perfecta” pero, en todo caso, considero que ese supuesto modelo está completamente fuera de la realidad del siglo XXI. De la misma manera que respeto enormemente a las partidarias de la opción más clásica de enfocar y prestar al cien por cien la dedicación a los menores, no dejo de valorar la alternativa de las defensoras de la incorporación femenina al ámbito laboral, a la que además añaden la ardua tarea de atender a los pequeños, con la responsabilidad y el riesgo que ello comporta. 

En mi más de medio siglo de existencia he tenido oportunidad de toparme con infinidad de mujeres que han sido madres provistas o desprovistas de instinto maternal, solteras, casadas, viudas, divorciadas y con o sin trabajo (ya sea por voluntad propia u obligadas por las circunstancias) y, en su inmensa mayoría, no cambiarían esa experiencia por nada del mundo. Ser madre es una fuente de inmensa felicidad, aunque también suponga un eterna tarea que requiera de fortaleza, valentía y sacrificio. Pero, en ningún caso, debería implicar perder por el camino la condición previa de ser mujer. A cada una de ellas le envío mi felicitación más cariñosa, hoy y siempre.




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