sábado, 18 de junio de 2011

UN COLEGIO, UNA VIDA



COLABORACIÓN PARA LA REVISTA DEL COLEGIO

URSULINAS DE JESÚS

LICEO MONJARDÍN




Recuerdo con claridad mi primer día de colegio. Era una mañana de septiembre de 1969, con el otoño pamplonés en ciernes. A mis cinco años recién cumplidos, el uniforme impecable y la melena recogida en una coleta, me dirigí de la mano de una madre preciosa, ambas expectantes, a un antiguo inmueble situado en la Avenida de las Navas de Tolosa. Allí nos recibió una monja sonriente y bonachona, con hábito y toca grises, que nos robó para siempre el corazón. Ese ángel en la tierra respondía por aquel entonces al nombre de Mère Dolores -antes de recuperar su Mª Luz de nacimiento- y durante décadas fue la mejor recepcionista a la que ningún centro escolar podía aspirar ni en sus mejores sueños. En aquellas viejas aulas, mientras a miles de kilómetros de distancia el hombre pisaba la Luna por primera vez, aprendí a leer y a escribir, a sumar y a restar, a jugar y a rezar.

Muy pronto nos trasladamos a la sede actual de la Calle Aoiz, un imponente convento presidido por un gran rosetón que se vislumbra desde la lejanía. Mi etapa de EGB se extendió hasta los catorce años y en ella atesoré multitud de conocimientos y experiencias que me han acompañado hasta el día de hoy, marcando imborrablemente mi personalidad. Desde la Primera Comunión celebrada en la Capilla de claros mármoles hasta las clases de canto de Don Benjamín, pasando por los intensos partidos al balón prisionero entre internas y externas durante los recreos o  los filetes rusos del comedor, mi infancia transcurrió velozmente en un ir y venir de clases lectivas y entrenamientos de baloncesto. Aquel particular universo femenino habitado por niñas de toda edad y condición, profesoras dotadas de mayor o menor empatía y monjas sabedoras de que los nuevos tiempos tocaban a su puerta para transformar algo más que sus vestimentas, sigue ocupando buena parte de mis recuerdos más preciados.

Mientras cursaba BUP y COU, mi adolescencia se abrió paso enfrentándome a extensos temarios  bajo la estrecha supervisión de un equipo docente cuyos exámenes se puntuaban del 1 al 10, cuya autoridad no se discutía y cuyas alumnas no éramos carne de psicólogo por el mero hecho de que nos llamaran la atención. Jamás tuve dudas a la hora de escoger entre letras o ciencias. El veneno de las palabras ya había tomado la decisión de ser mi eterno huésped, sin duda presagiando el placer que le depararían las asignaturas impartidas por Celina Compains y Rosa Azanza, mujeres cultas y fuertes a las que tanto admiro y debo. Y llegó el año 82 y, con él, los compañeros de Larraona, el adiós al colegio, el Mundial de Fútbol de España y el acceso a la Facultad de Derecho dispuesta a convertirme en abogada de causas justas, unas veces ganadas y otras perdidas.

Nueve años después regresé al edificio por un doble motivo de celebración: el Centenario de la Congregación de las Madres Ursulinas de Pamplona y mi boda. Mis queridos padres, ésos a quienes ni la temprana muerte ha conseguido arrancar del corazón de su única hija, volvieron a ocupar los mismos bancos de antaño para verme vestida de blanco con el mismo orgullo, con idéntica ilusión, dando la razón a ese bolero que insiste en que “veinte años no es nada”.

Ni siquiera cuarenta, afirmo yo desde el 2 de mayo de 2011, fecha en la que he vuelto desde mi Tenerife de adopción para, de la mano de mi inolvidable compañera y amiga Rocío Imaz, recorrer el ahora denominado Liceo Monjardín. Sólo me resta dar las gracias a todos sus responsables -los pasados, los presentes y los futuros- por este magnífico proyecto educativo. Me hace muy feliz constatar junto a mi esposo e hijos que aquel espíritu de antaño sigue más vivo que nunca.


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3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Amable lector:

      Muchísimas gracias por su comentario. Ha sido un gran regalo en el día de San Saturnino.

      Pocos adjetivos definen mejor mi colegio. Lo llevo en mis recuerdos más preciados para siempre.

      Entiendo que usted también conoce el centro y lo aprecia tanto como yo.

      Un abrazo

      MYRIAM

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