sábado, 19 de noviembre de 2011

UNA JORNADA PARTICULAR (DE REFLEXIÓN)


Fecha: 19 de noviembre de 2011.
País: Lo que en otro tiempo fue España.
Situación: Al borde del abismo.

Apenas han transcurrido seis meses desde mi última visita a las urnas y, en el convencimiento de su plena vigencia, expongo nuevamente las ideas que ya entonces expresé sobre el papel:

“Coincidiendo con los albores de la precampaña, llevaba varias semanas de ardua preparación psicológica en previsión de la que se me venía encima con la inminente cita ante las urnas pero, lamentablemente, no me ha servido de nada. Ni los ejercicios de respiración, ni los tapones para los oídos, ni las valerianas nocturnas han contribuido al resultado deseado. La antiestética pegada de carteles, unida a los cansinos reportajes televisivos y a los recurrentes anuncios radiofónicos, me ha sumido, como ya me temía, en la más profunda de las depresiones. Y es que enfrentarme por ciclos a semejante sobredosis de falsedades me hace contemplar seriamente la posibilidad de prenderle fuego al carnet de identidad y lanzarme a la búsqueda de paraísos perdidos donde los políticos profesionales tengan reservado el derecho de admisión. Como primera medida de supervivencia, he salido estos días de mi casa cruzando los dedos para no coincidir en el trayecto con alguno de estos individuos sonrientes y edulcorantes que se afanan, por supuesto sin éxito, en llevarme al huerto. Confieso que en estas últimas jornadas me ha tocado cambiarme de acera en más de una ocasión. Menos mal que ocupo una franja de edad intermedia que me hace inmune a que me pellizquen en la cara o, en su defecto, a que me engañen en el club de jubilados de turno mientras estoy echando la partidita vespertina de dominó. Salvado el escollo del encontronazo no deseado, llego al hogar y, al abrir el buzón del correo, una caterva de sobres con publicidad electoral se desparrama sin remedio sobre mis piernas. Más fotos. Más promesas. Más hartazgo. Comienzo a proferir una serie de exabruptos amparada en la feliz circunstancia de que estoy sola y, por lo tanto, a salvo de ser tachada de ordinaria. Pero, de pronto, reparo en que, más pronto que tarde, tendré que decidir a quién votar, aunque sólo sea por dar ejemplo de democracia a la carne de mi carne.  Y resuelvo que, aunque mi voto sea una gota en el océano y corra el riesgo de ser calificado como inútil,  es mío y me niego a prostituirlo adhiriéndome a esa desoladora teoría del “second best” que me aboca a elegir entre los malos o los peores. Lo más probable es que ponga mis principios a salvo de esta mediocre oferta cuatrienal y prescinda de siglas mayoritarias que llevan varias legislaturas defraudándome. Estoy asqueada de ministros sin estudios que dicen “cónyugue”, “convinción” y “espetativas”, de diputados que se levantan la friolera de seis mil euros mensuales sin ni siquiera acudir a unas sesiones parlamentarias mínimas, de listas cerradas a cal y canto salpimentadas de imputados por corrupción, de un partido de la oposición acomplejado e incapaz de dar un puñetazo encima de la mesa ante el temor de perder eventuales votantes, de directivos bancarios corresponsables de la crisis financiera a quienes nuestro Gobierno socialista tapa las vergüenzas y no arrastra de los pelos ante los Tribunales, de Magistrados supuestamente prestigiosos que obedecen sin rechistar las consignas de quienes les nombraron para el cargo,  aunque por el camino vayan dejando un reguero de errores judiciales, de parásitos nacionalistas y cortos de miras capaces de vender su alma al mejor postor con tal de seguir en la poltrona. En definitiva, de listos que me toman por tonta cuando afirman que no me conviene saber de antemano con quién compartirán lecho en cuanto acabe el recuento de voluntades. ¡Cómo envidio a los pueblos capaces de denunciar responsablemente los abusos que sufren y de luchar por  unas justas pretensiones! Al menos, demuestran tener sangre en las venas. Aquí, mientras tanto, nos dejamos anestesiar el cerebro con los programas de la telebasura. Es demoledor admitirlo pero, en definitiva, tenemos lo que nos merecemos.”

A pesar de todo, mañana volveré de nuevo al mismo colegio electoral y mis hijos me ayudarán a introducir cada papeleta en su sobre y cada sobre en su urna. Por responsabilidad ciudadana. Porque cada voto cuenta.

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