martes, 5 de julio de 2016

PARA MAUREEN, CON CARIÑO Y AGRADECIMIENTO








Maureen McCrumlish llamó a las puertas de nuestras vidas en el año 1978, cuando España se hallaba en plena Transición a la democracia y un par de Migueles (Jackson y Bosé) lidiaban por incorporarse a la banda sonora de nuestra adolescencia. Por aquel entonces, la mayor parte del día transcurría para nosotras entre los muros del impresionante colegio de las Madres Ursulinas de Pamplona. Y fue en una de sus aulas más apartadas, junto a las dependencias privadas de las monjas, donde aquella nueva profesora de Inglés hizo su primer e inolvidable acto de aparición.

Su espectacular figura, perfilada por unos pantalones vaqueros y un jersey amarillo, se hacía acompañar por un cabello negro de corte muy moderno y favorecedor -que la princesa Diana de Gales copiaría posteriormente- y unos centelleantes ojos azules cuya mirada pronto aprenderíamos a traducir y, en ocasiones, a temer. Llegaba de las verdes tierras de Irlanda, esa preciosa isla donde los apellidos vienen precedidos de la partícula Mc, para recalar en la no menos verde y preciosa capital del viejo Reyno de Navarra, con el firme propósito de impartir la asignatura de Inglés ayudada por su particular acento, tan propio de los docentes nativos. Por esa razón, se convirtió rápidamente en una pieza sumamente importante dentro del engranaje de aquel Bachillerato Unificado Polivalente que iniciábamos, a medio camino aún entre la infancia y la juventud.

Dueña de un marcado carácter,  rigurosa y afable a la vez, exigente a la par que tierna, dulcificando a menudo su discurso con sonrisas de complicidad y haciendo gala de ciertos destellos de feminismo bien entendido, la resuelta joven se esforzó por apaciguar las hormonas de decenas de quinceañeras en los albores de una existencia rebosante de sueños por cumplir, a veces más pendientes de los chicos que de las lecciones, y siempre deseosas de que sonase la campana para ir a hablar por los codos de pupitre en pupitre. Sospecho que ni a ella ni al resto de sus compañeros de claustro les debió resultar tarea fácil meternos en vereda. Sin embargo, el transcurso de las décadas se ha encargado de avalar su entrega y dedicación en pro de nuestra formación académica.

Y es que Maureen consiguió que muchas de nosotras nos enamorásemos sin remedio de la lengua de Shakespeare y que a día hoy la sigamos utilizando en el ámbito de nuestras respectivas profesiones y de nuestras actividades de ocio, como la literatura y el cine. Cierro los ojos y, siete lustros después, todavía puedo visualizarme saliendo to the blackboard para, tiza en mano, escribir con la zurda las preguntas del crossword puzzle, con aquel next de fondo, a modo de grito de guerra, y el recurrente comentario de que estábamos en los “nubitos”, para regocijo del grupo al completo.

Pero, al margen de su faceta como profesora, tuvimos la suerte de conocer también a la esposa enamorada y a la orgullosa madre de dos hijos varones, una especie de princesa celta felizmente integrada en los valores, las creencias y las tradiciones que definen al generoso pueblo navarro. Sus compañeros han sido asimismo testigos y beneficiarios de las cualidades de Maureen para trabajar en equipo y compartir sus experiencias personales a lo largo de numerosas tardes de martes en el Departamento de Inglés donde, además de programar, coordinar e innovar los contenidos de la asignatura, se reforzaban los lazos de amistad entre bizcochos, café con leche e incluso alguna copita de moscatel (que, por cierto, no era lo que provocaba los guiños incontrolables de aquel colega, que se explicaban desde la Neurología y no desde el flirteo). 

Sin duda, nos ha enseñado mucho más que un idioma. Sucedió así, por ejemplo, en un viaje a Vitoria con motivo de la celebración de un curso, cuando reveló algunos de los principios que conforman su modo de pensar, de sentir y de actuar, entre ellos el inmenso peso específico que le otorga a la figura del marido, el hombre que permanece a nuestro lado cuando los hijos vuelan del nido y junto a quien nos esforzaremos por aceptar de buen grado esa ley de vida. O cuando aconsejaba a otras mujeres que valorasen, incluso por encima de sus merecimientos, las tareas domésticas de sus esposos ya que, de lo contrario, corrían el riesgo de que aquellos se escudaran en las críticas recibidas para no volver a colaborar en casa nunca más. Está claro que el humor irlandés no tiene nada que envidiar al británico…  

Querida Maureen, gracias de todo corazón por el legado que nos dejas. En estos tiempos convulsos en los que la bondad, la honestidad, el esfuerzo, la exigencia y el cumplimiento del deber son tesoros a recuperar, tu bella imagen siempre quedará asociada a ellos. Ojalá esta nueva etapa que ahora comienzas te colme de satisfacciones. Feliz futuro. Feliz vida.

Kisses a lot.   





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